Compartimos con ustedes esta sencilla publicación con algunas creaciones literarias
Huellas de tinta borrable en la
pizarra, pero indeleble en el alma
Corría el año 2015, más
exactamente el 15 de enero. cuando crucé por primera vez las puertas del
Colegio Codema. Llegaba con mi maleta llena de expectativas, una agenda en
blanco y esa mezcla tan propia de nuestra profesión: una profunda ilusión
combinada con los lógicos nervios ante lo desconocido. Venía dispuesta a
enseñar, pero la realidad de las aulas pronto me recordaría que el verdadero
magisterio consiste, ante todo, en aprender.
A lo largo de estos más
de diez años, las aulas del Codema me han mostrado todas las caras de la
condición humana. He tenido la fortuna de cruzarme con estudiantes brillantes,
dedicados y llenos de una curiosidad insaciable. Esos jóvenes que se sientan en
las primeras filas, que preguntan el porqué de las cosas y que devoran el
conocimiento con entusiasmo. Ver su evolución, su esfuerzo diario y su calidad
humana ha sido el motor que me ayuda a creer con firmeza en mi profesión,
recordándome cada mañana el valor sagrado de la docencia y me ayudan a
encontrar sentido a mi existencia.
Sin embargo, las aulas también
albergan realidades complejas. Me he enfrentado a estudiantes difíciles,
atrapados en contextos personales o familiares tormentosos, algunos me
confiaron sus tristezas, sus preocupaciones, otros se cerraron y sus barreras
parecían a veces impenetrables. Han sido auténticos retos que me han desvelado
más de una noche.
Con dolor, debo admitir que no
siempre logré superar esos desafíos; hubo batallas que no gané, palabras que no
resonaron y manos extendidas que fueron rechazadas. Esas heridas también forman
parte de mi historia como docente.
A pesar de las frustraciones,
sigo convencida de que la educación vale la pena. Sigo creyendo con el corazón
que dejamos una huella imborrable destinada a mejorar vidas, transformando
realidades a través de la empatía y la constancia.
Aunque sé perfectamente que no
todos los estudiantes o familias lo agradecerán en el momento —o tal vez
nunca—, el verdadero sentido de nuestra labor no radica en el aplauso, sino en
la siembra silenciosa.
Hoy miro hacia atrás y a pesar de
todo solo siento una inmensa gratitud. Agradezco profundamente a los padres de
familia que confiaron en mi guía, a mis compañeros docentes por su hombro
incondicional en los días grises, aunque no con todos se comparta y a cada uno
de mis estudiantes por ser el espejo donde me miro, en donde encuentro
verdaderas razones, cariño sincero y una que otra vez reflejos de la niña que
otrora fui.
Todos ellos me han ayudado a
crecer como persona y han fortalecido a nuestra institución, haciendo de Codema
no solo un colegio, sino un verdadero hogar de aprendizaje y vida.
Jackeline Arévalo Gómez
Poemas
Danny Foliaco Machado
Justicia
Los
ojos del cielo retumban en las manos asesinas
sin
que el trueno de la furia atemorice al déspota
Sin
prisa y con indiferencia
traga
cada suspiro y sueño de las almas caídas
en
su círculo vicioso
Con
la confianza de la impunidad
destroza
toda vida que se le acerca
Agazapada
detrás de las rocas aguarda
con
su espada de fuego la esperanza pequeña, pero certera
El
cielo se distrae
El
déspota rasga las carnes
La
humilde esperanza aguarda su oportunidad
y
concentra la fuerza para su descarga
Recuerdo
La
tarde mitiga con paciencia la nostalgia
de
unas gotas de fría lluvia al caer
Los
ojos a través de la ventana acarician
la
escena como si fuera una antigua fotografía
oxida
cada fibra y manchas sepias se extienden sobre la memoria
El
niño que ayer jugaba bajo el sereno
Hoy
contempla el presente y su memoria gotea levemente sobre el pasado
Monotonía
En
el lento rincón de una tarde
transcurre
eterno el momento de una tienda polvorienta
donde
el tiempo se repite sin asombros ni premuras
El
silencio y las moscas solitarias deambulan sin prisa sobre las mesas
y
unas cuantas botellas vacías
repiten
el eco ya distante de unas voces vespertinas
en
la ebriedad y el bullicio de un momento de anónimo festejo
El
resto es cubierto por la inagotable paciencia detrás de los lentes
de una anciana que contempla al vacío y espera

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